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Semblanza personal Fernando Martin Gil
19 Ene

Una semblanza personal sobre Fernando Martín Gil. Mi profesor (de vida)

Dicen que «hay que respetar a los maestros. Porque los maestros pueden tocar nuestros futuros«. Y con el más profundo respeto, escribo estas palabras en honor al que fuera mi profesor (de vida), Fernando Martín Gil.

Como casi todo lo que tiene que ver con mis raíces, conocí a Fernando por Patones. Decidí realizar mi Proyecto Fin de Carrera de Ciencias Ambientales en mi pueblo. Quería descubrir su interesante patrimonio, a través del conocimiento de sus habitantes, para ponerlo en valor. La entonces Agente de Desarrollo Local, Mila Martín, fue quien me habló de Fernando. Me dijo que tenía un amigo geógrafo que impartía clases en la carrera de turismo de la Universidad Autónoma de Madrid y que seguramente estuviera interesado en tutorizarme el proyecto. Gracias a Mila y Fernando descubrí la Geografía, tanto en su faceta investigadora como aplicada. Mi futuro vinculado a esta disciplina es uno de los regalos de mi profesor. Él siempre recalcaba que la investigación debe buscar la transferencia y ese esfuerzo por dejar semillas en el territorio que se estudia tuvo sus frutos a través de la edición de un pequeño libro «Un paseo por Patones: rutas didácticas para la interpretación del patrimonio».

Fernando Martín y Mila Martín tutores TFG

Fernando Martín y Mila Martín tutores TFG

Tanto disfruté realizando el proyecto fin de carrera que decidí matricularme en el Doctorado en Geografía de la UAM. Mientras participaba en las clases y salidas de campo, compaginaba los estudios con trabajos de consultoría en desarrollo turístico. Entonces conocí a Manuel Redondo Arandilla, también amigo de Fernando. Con ambos colaboré en estudios en Guadarrama y la Vía Verde de la Jara y descubrí cómo conocer el territorio, su patrimonio y paisajes para poder proponer actuaciones de desarrollo territorial y turístico sostenible. Mis primeros pasos en el mundo profesional también están vinculados a la figura de Fernando. Y gracias a él tuve la suerte de empezar a formar parte de una red de personas que tejen (o han tejido) desarrollo territorial como Franco Llobera o Cándido Robledo «Cano».

Trabajo de campo en la Vía verde de la Jara

Trabajo de campo en la Vía verde de la Jara

Durante ocho años en los que dediqué parte de mi vida a realizar la tesis, tuve tiempo para conocer a Fernando no solo en su faceta docente e investigadora sino también personal. Revisábamos cada una de las correcciones que hacía a mi investigación y siempre había tiempo para un café y recomendaciones para la vida. Así conocí a su familia, Mari Mar y Roberto, que siempre me acogieron en su casa. El día de mi defensa, también conocí a Ana Sabaté. La que fue su directora de tesis, también centrada en el mundo rural, estaba muy orgullosa de formar parte de mi tribunal y yo me sentía inmensamente feliz de ser la primera alumna de tesis de Fernando.

Casi al terminar la tesis me salió un trabajo en una universidad de Ecuador. Aun en la distancia, mantuve un estrecho vínculo con mi maestro. Él había pasado parte de sus estancias en otros países latinoamericanos como México y Venezuela y siempre tenía algún consejo o inspiración. Seguía siendo un maestro y brújula para mi.

Tras mi regreso de Ecuador, Fernando, muy centrado en su compromiso social y territorial, estaba profundamente implicado en el Observatorio de Patrimonio de la Sierra de Guadarrama. Colaboramos en la elaboración de un manual para la elaboración de catálogos municipales de patrimonio. También aportaba la visión más académica de la recientemente creada Asociación Red Territorios reserva agroecológicos, en la que también estaban implicados Mila, Manuel y Franco. Según Mila, él «formó parte de la Red a través del trabajo de formativo en el Máster, haciendo ver a sus alumnos qué es un dinamizador de iniciativas locales agroecológicas y cómo la planificación podría ser una salida laboral y profesional«.

Firmando el libro de Patones

Firmando el libro de Patones

La labor de la transferencia

La labor de la transferencia

Es curioso porque mi vuelta a la UAM también está relacionada con Fernando. En una conversación telefónica le comenté que me estaba planteando matricularme de antropología y me sugirió regresar a la universidad pero como docente. Desde que comencé a trabajar como profesora asociada del Departamento de Geografía volví a compartir muchos momentos con él. Intercambiamos conservas de elaboración propia, compartíamos tiempo entre clases siempre tomando café, me acogió entre sus compañeras Elia Canosa, Ángela García Carballo y Ester Sáez Pombo. También me propuso para participar en el proyecto «Paisajes agroalimentarios en las montañas españolas. Diversidad biocultural, innovación social y desarrollo territorial» liderado por su compañera Nieves López Estébanez y me implicó en la beca de colaboración de un alumno del grado de turismo. Su alumno Iván Muela, considera que «Fernando me descubrió una forma de pensar diferente, y el valor del trabajo científico en el turismo. Fue quien me descubrió la planificación, a lo que quiero dedicarme el resto de mi vida. Creo que haberle tenido de profesor ha sido un paso determinante para mi futuro y si no le hubiera tenido de docente estaría en un lugar totalmente distinto«.

Una de las últimas veces que le vi fue porque quería que regresara a Patones y conociera Casa rural Melones. Me ilusionaba especialmente que conociera mi proyecto de vida, que podía compatibilizar con la docencia en la universidad.

Está claro que los maestros pueden tocar nuestros futuros. Yo no sería quién soy ni estaría dónde estoy sin haber tenido a Fernando Martín Gil como profesor. Estoy segura que en mis clases transmito muchas cosas que aprendí de él y de su forma de ver la Geografía y el mundo rural.

Y hoy pienso en mi maestro como un paisaje. Y es que aunque el árbol (él) ya no esté, el bosque (todas esas personas a las que conocí y territorios que descubrí gracias a él), seguirán aquí dando nuevas semillas y frutos. Gracias por tanto, Fernando.

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