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24 Jul

Al otro lado del mostrador de recepción. Mi lado viajero

Soy Iris, la chica que os espera en la recepción de Casa rural Melones… Este verano sin viajes paso los ratos libres leyendo a Javier Reverte, descubriendo Irán gracias al Rincón de Sele, curioseando los post de Algo que Recordar o pidiendo consejo de restaurantes japoneses a Murzielaga.  Y pienso mucho en todas esas veces en las que he sido yo la que estaba al otro lado del mostrador de recepción. Y por eso me he decidido a hablaros de mi lado viajero y así rememorar algunos buenos momentos de mochilera por el mundo.

Empecé a viajar bastante pequeña y es que con apenas quince años descubrí Marruecos gracias a un intercambio de estudiantes con el colegio Español de Tetuán. Allí me esperaba la familia Harrachi Ziou Ziou. He regresando tantas veces a Marruecos que hasta he perdido la cuenta… en pareja, con amigas, en familia, con mis padres, sola y hasta para una boda. Allí aprendí mucho sobre la hospitalidad, sobre todo de la familia …. porque en Marruecos siempre hay sitio en casa para dormir, un hueco en la mesa para comer o un vaso de té para cuando entras en cualquier hogar. Marruecos es un gran viaje a la vuelta de la esquina.

Boda en Marruecos

Con kaftan en Marruecos

Por esa poca también realicé un viaje por Francia, Suiza y Bélgica con mi tía en un grupo organizado… si, aunque os parezca mentira, nunca está de más conocer cómo es un viaje de este tipo, aunque sea para comprobar que nos es tu forma de viajar.

Luego llegó el Interrail, aun no había cumplido los dieciocho y comenzaba mi primera aventura viajera. Mis padres habían conseguido un móvil para que estuviese todo el tiempo contactada pero me lo dejé en el coche de camino a la estación de Atocha. Prometí dormir en sitios seguros pero tengo que reconocer que casi al principio nos tocó dormir en el arcén de una estación de la Bretaña Francesa y luego pernoctar en muchos trenes. En este viaje regresé a París y Bruselas, conocí Amsterdam y Brujas y sobre todo aprendí a disfrutar de los desayunos de los albergues donde nos hospedamos… Debe ser por esa razón que pongo tanto empeño en que la gente disfrute de sus desayunos cuando vienen a mi casa rural.

En 2001, cuando parecía que el mundo se paralizaba con la caída de las torres gemelas yo me encontraba en Indonesia a más de 12000 kilómetros de casa. Al día siguiente regresaba a Madrid desde Jakarta tras un viaje de un mes por Java, Bali y Lombok, una de las mejores experiencias viajeras que he vivido. Eran épocas en las que la forma de comunicarte con la familia eran las llamadas a cobro revertido en locutorios a horas inimaginables. Disfruté del viaje junto a una fotógrafa y ella me enseñó a observar los lugares desde otra perspectiva: viendo el amanecer junto a los campos de arroz, viajando en la parte trasera de un camión, descendiendo hasta el cráter de un volcán. Una época en la que no sabías como eran tus fotos hasta que no las revelabas después de tu regreso, con largas sesiones de diapositivas contando las aventuras vividas.

En esa época que viajaba con amigas conocí Costa Rica y sus Parques Nacionales y descubrí Cuba. Alojarte en casas de locales es todo un acierto, vives la vida real de los habitantes con sus actividades cotidianas, ese es otro de los aprendizajes de mi lado viajero. Son ellos los que pueden aconsejarte cómo salirte de guión de las agencias de viajes. También con amigas viajé a Jordania, Israel y Palestina y visité otras tantas ciudades europeas.

Poco a poco y tras un pequeño viaje de nuevo por Marruecos conseguí contagiar del vicio por viajar a mi pareja y así comenzaron otros muchos viajes. En Senegal corroboré (después de Indonesia) que parte del atractivo de un lugar son sus gentes. En Vietnam, Camboya e India nos sumergimos en la cultura y espiritualidad local. En Etiopía descubrimos un país único en el mundo, bello y durísimo a partes iguales. El año que no pudimos tomar un vuelo largo nos montamos un viaje en autobús entre Venecia y Albania. También descubrí Japón y esa forma tan educada de tratar de los japoneses que se me quedó clavada en la memoria. En uno de estos viajes también cruzamos el charco y viajamos a Ecuador, incluyendo las maravillosas islas Galápagos, otro de los sueños de todo gran viajero.

Y a Ecuador regresamos pero no para un viaje sino con un contrato en la maleta. Pasé un año y medio trabajando como profesora e investigadora universitaria  en este pequeño país, primero durante seis meses en Guaranda, una pequeña ciudad andina a orillas del volcán Chimborazo que veía cada mañana desde la ventada de mi habitación. Luego en Puyo, una ciudad gris ya en la Amazonía y donde habitan hasta siete nacionalidades indígenas. También en Ecuador comenzó otro gran viaje en nuestras vidas porque allí me quedé embarazada y nació mi hija Julia Sacha (sacha es selva el kichwa) pero justo en ese momento decidí regresar.

Durante todos esos viajes siempre pensaba en la gente que allí me recibía ¿Cómo sería la vida desde el mostrador de recepción? estar siempre en el mismo lugar, esperando al próximo huésped, diciendo adiós a otro viajero… Siempre pensé que es más aburrido de lo que es en realidad. Porque estar al otro lado del mostrador de recepción también es enriquecedor. Conoces mucha gente, algunas veces incluso haces amigos, también contribuyes a que los huéspedes vivan momentos únicos (una noche de boda, un esperado reencuentro, un regalo inesperado, momentos de libertad con tus hijos tras un confinamiento….).

Debe ser por eso que últimamente en nuestros viajes, ahora en familia  selecciono con conciencia algunos de los alojamientos de los lugares donde viajamos, para fijarme cómo se hace en otros sitios, para seguir aprendiendo, otros como siempre he hecho los dejo a la improvisación. Reconozco el valor de aquellos que te reciben y atienden. En Berlín, Estambul o Cabo Verde, descubriendo alojamientos maravillosos ahora que empezábamos a despegar de nuevo, a pensar en los próximos viajes, más largos, más lejos… y llegó el covid y este verano sin viajes. Pero tarde o temprano volveremos a viajar, volveremos a estar al otro lado del mostrador de recepción, con la mirada inquieta del que llega a un lugar nuevo y necesita descubrirlo.

 

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